Cuadros de costumbres
100 años del Teatro Municipal de Lima

Ilustración del Teatro Forero, 1929.
Fuente: Laos, Cipriano. Lima La ciudad de los Virreyes (El Libro Peruano) 1928 - 1929. Paris: Editorial Perú, 1929.

Enterarse de las costumbres es fijar la
historia a través de la vida cotidiana

Carlos Monsiváis


Los teatros son lugares donde se crean, negocian o alteran costumbres. La conexión entre públicos y artistas genera experiencias con múltiples alcances sociales, no solo artísticos. Por esa razón, su construcción y funcionamiento forman parte de relatos que tejen personas y comunidades sobre lo que consideran bello y feo, bueno y malo, entretenido y aburrido, propio y ajeno. Los teatros reflejan tanto como modelan sociedades.

Recuerdos en el escenario

Replicando el propósito del cuadro de costumbres, género literario que tuvo su auge entre 1830 y 1870 en el Perú, la presente exposición digital describe algunas de las personalidades y costumbres ligadas a la historia del Teatro Municipal de Lima a lo largo de sus 100 años de existencia. El objetivo no solo ha sido traer a la memoria rostros y eventos a través programas de mano, fotografías y notas periodísticas, sino también dar cuenta de los procesos sociales y políticos de los que formaron parte.

Entre los diseños gráficos usados para difundir los espectáculos y los primeros planos de los artistas, discurren las maneras cómo nos hemos unido o dividido los peruanos, el rol de la mujer en la vida pública, los cambios de los lenguajes artísticos, el uso del arte como propaganda oficial o instrumento de transformación social, la importancia de la voluntad de servicio, así como otros componentes de todo espectáculo: el público, la prensa y los trabajadores del teatro.

Toda la historia del Teatro Municipal de Lima aquí contenida es indesligable de la del tacneño Manuel María Forero, su diseñador, constructor y dueño hasta 1929, año en el que fue adquirido por la Municipalidad de Lima. El interés que tuvo de mejorar la infraestructura cultural de la ciudad, alimentado el nacionalismo de la posguerra con Chile, permitió contar con un teatro de grandes dimensiones donde ha transcurrido la vida pública de muchas generaciones de peruanos. La exposición está dedicada a su recuerdo y al de todos los trabajadores del Municipal que han contribuido a que los ciudadanos nos expresemos y desarrollemos a través de la cultura y las artes.

Cuadro 1: Los orígenes

El Teatro Municipal de Lima ha sido a lo largo de su historia la infraestructura cultural más importante de la capital peruana para la interpretación de las artes escénicas y de la música en vivo. Su origen no formó parte de una política pública sino del empeño y patrimonio familiar del tacneño Manuel María Forero (1864-1937), quién sirvió al Perú ad honorem como cónsul de Iquique entre 1903 y 1911 y como asesor de la delegación plebiscitaria que definió el destino de Tacna y Arica entre 1925 y 1926. Tal como el mismo lo reconoció en una carta publicada en el diario El Comercio en 1930, no fueron los cálculos comerciales sino el “romanticismo patriótico” lo que explica la decisión que tuvo en 1915 de demoler el Teatro Olimpo, propiedad de su padre, y construir en su lugar el Teatro Forero.

Un sentimiento similar rodea también la figura del ayacuchano Adolfo Escobar, trabajador del Teatro Olimpo y conserje del Teatro Municipal de Lima durante sus primeros 50 años de funcionamiento. No solo se resistió a jubilarse por “cariño a su trabajo” sino también hizo una contribución invaluable a la conservación de la memoria de las artes escénicas, efímeras por naturaleza, al guardar con esmero fotografías de los artistas y todos los programas de los espectáculos montados en el Teatro entre 1920 y 1966. Manuel María Forero y Adolfo Escobar, ambos migrantes, son dos emblemas de la voluntad de servicio, costumbre imprescindible para el desarrollo de cualquier comunidad.


Cuadro 2: Noche de gala

“Esta noche tiene lugar la inauguración del Teatro Forero. Es un acontecimiento que reviste una doble importancia, tanto del punto de vista social como el artístico”, destacó el diario El Comercio el 28 de julio de 1920. Una de las expresiones de esa importancia ha sido la costumbre oficial de celebrar desde aquel día las Fiestas Patrias en el Teatro Municipal de Lima con obras de ópera italiana, música sinfónica y, en menor medida, ballet. A lo largo del siglo XX, presidentes como Augusto B. Leguía, José Luis Bustamante y Rivero, Manuel Odría o Fernando Belaúnde se dieron cita en la antigua calle Concha para, vestidos de frac, presidir la conmemoración de la Independencia.

Las galas de Fiestas Patrias forman parte de la antigua tendencia de las élites económicas y políticas de querer sentirse “exclusivas”, “selectas”, “cultas” y “civilizadas” al producir y consumir las “bellas artes”. Los lenguajes artísticos clásicos y sus protagonistas, sin embargo, trascienden las jerarquías sostenidas para conseguir distinción social. Forman parte de la diversidad de expresiones culturales de nuestro país y del talento que el Teatro Municipal de Lima ha contribuido a desarrollar, sea siendo la sede principal de la Orquesta Sinfónica Nacional durante más de cincuenta años o el escenario de las principales estrellas de nuestra tradición lírica como Alejandro Granda, Lucrecia Sarria, Luis Alva, Ernesto Palacio y Juan Diego Flórez.


Cuadro 3: Incursiones

A pesar del predominio de la ópera, música sinfónica y el ballet en su programación, el Teatro Municipal de Lima ha sido también un escenario histórico para la música criolla, andina y afroperuana. El nacionalismo localista, costumbre esporádica en el Estado oligárquico, en parte lo explica. Durante el gobierno de Auguto B. Leguía, no solo fue auspiciado el reestreno de la opéra Ollanta en 1920 sino también se realizaron en 1929 las eliminatorias del Concurso de música y bailes nacionales de la Pampa de Amancaes con la participación de artistas como el arpista Estanislao “Tany” Medina, quien luego fue el primero en grabar la canción “Adiós Pueblo de Ayacucho”.

Entre otros pasajes importantes de las incursiones de la cultura popular está el primer concierto sinfónico dirigido por una mujer: Rosa Mercedes Ayarza. Bajo el amparo del presidente Oscar R. Benavides, el 28 de julio de 1938 interpretó composiciones de música criolla. Para algunos, como lo muestra una de las placas del foyer del Teatro, aquella noche “nuestros aires costeños” se elevaron a la “categoría de música culta”.

Las incursiones de las compañías Pancho Fierro y Teatro y Danzas Negras del Perú, de José Durand y de Victoria de Santa Cruz, respectivamente, también tuvieron un alto significado. La primera fue central para el llamado “renacimiento afroperuano” y la recuperación de tradiciones como el “Son de los diablos”. La segunda, consecuencia de la anterior, generó una escuela coreográfica continuada hasta el día de hoy en el Teatro por Teresa Palomino a través del Ballet Folclórico Municipal. El cuadro lo completan los espectáculos de íconos del canto andino como Pastorita Huaracina, Amanda Portales o Flor Pucarina, cuya frecuencia se incrementó durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado y la administración municipal de Alfonso Barrantes.


Cuadro 4: Cine en el teatro

Dolores del Río fue la primera actriz mexicana que tuvo éxito en el cine norteamericano. Ella quería dedicarse a la danza pero el director Edwin Carewe la conveció de desafíar prejuicios e incursionar en Hollywood luego de verla bailar tango en la ciudad de México. Era 1925. En 1929, se estrena en el Teatro Forero “Venganza”, película de su descubridor, cuando era ya un rostro cumbre de la United Artists, un fenómeno fotogénico que representó la “belleza exótica” celebrada por Hollywood, mucho antes que también lo hiciera Salma Hayek.


Las “grandes funciones cinematográficas”, amenizadas con orquesta, para ese momento ya eran habituales en la sala del “local de moda la Sociedad Limeña(sic)”, tal como lo publicitaba desde 1922 la poderosa empresa Teatros y Cinemas “Ideal”. El auge del “mundo de la pantalla”, sin embargo, desató emociones encontradas. Algunos lo consideraban una fuente de perversión de las costumbres, un atentado a la moral. Muchos otros, como los poetas vanguardistas, vivieron fascinados por el misticismo de los primeros planos, el glamour de las divas o la devoción a la tecnología, la misma que ofrecía disfrutar, en palabras del afiche del film nacional del Carnaval de 1926, “una verdadera nitidez”, “como si estuviera viviendo la realidad misma”.

La experiencia de la modernidad trajo nuevas contumbres como reír por “las chispeantes escenas” de Charlot, imitar los gestos de Greta Garbo o sentir la fusión del cinema con la vida, como sucede en el poema de Nazario Chávez: “como una película de estreno/ pasa la pantalla de mi memoria/ tu recuerdo…;”.


Cuadro 5: Teatro en el teatro

El 22 de junio de 1935 fueron celebrados los cincuenta años de la “notable característica” Ernestina Zamorano. Con el homenaje, liderado por el escritor José Gálvez, se cerró un ciclo en la vida de la actriz local más importante hasta ese momento. Ella había sido la encarnación de Ña Catita, comedia costumbrista de Manuel Ascencio Segura, así como de personajes de sainetes y otras obras de alcance popular que circulaban por escenarios mesocráticos como el del Teatro Campoamor o Teatro Colón.

Casi al mismo tiempo se abrió un nuevo ciclo para el llamado “teatro culto” con la fundación de la Asociación de Artistas y Aficionados. Su elenco estrenó en el Municipal el repertorio tanto de autores contemporáneos (Pirandello, Miller) como clásicos (Shakespeare, Calderón de la Barca). También impulsó la dramaturgia peruana (Enrique Solari Swayne) y el desarrollo de actores como Saby Kamalich y Ricardo Blume, quienes luego protagonizaron la recordada telenovela “Simplemente María” (1969).

Por sus dimensiones y altos costos, el montaje de obras de teatro en el Teatro Municipal de Lima no fue una costumbre arraigada después de la experiencia de la A.A.A. Aparte de la puesta en escena de dramas muy influyentes para la generación de los años sesenta como Túpac Amaru de Dragún, del uso que le dieron los artistas del Centro Cultural de la PUCP a sus ruinas luego del incendio de 1998 o de la promoción de musicales por parte de Preludio durante la última década, quizá el esfuerzo más notable a favor de la escena local visto en el Municipal haya sido la organización del Festival Internacional de Teatro y Danza de Lima y del Festival de Artes Escénicas de Lima. Ambos fueron esfuerzos meritorios por trascender la costumbre municipal de solo alquilar el Teatro.


Cuadro 6: Exotistas, bailaoras, vedettes y bataclanas

El 17 de septiembre de 1925, Tórtola Valencia, la “bailarina de los pies desnudos”, como la llamó Ruben Darío, estrenó la “Danza incaica” en el Teatro Forero, donde encarnó a la hija de Huayna Cápac. La idea comenzó a digerirla en su primer viaje al Perú, en 1916 cuando conoció a José Carlos Mariátegui, Abraham Valdelomar y Alberto Hidalgo, quienes encantados con su misterio le dedicaron un poema a seis manos que dice: “Tú eres el milagro, Tórtola Valencia, mármol, vaso griego, Tangará, zafir”. 

Tórtola Valencia llevó a la danza el espíritu de una época definida por el modernismo y su interés en el exotismo. Junto con ella, durante su primera década, en  el Teatro Forero se presentaron “bailaoras” y “vedettes”, precursoras de la conversión del cuerpo en espectáculo. Provenían del llamado género chico o ínfimo (sainetes, revistas musicales, juguetes cómicos, variétés), así como de compañías del cabaret francés. Una de ellas,  la del parisino Teatro Ba-Ta-Clan, con sus plumas y cortas faldas, creó en 1927 una nueva costumbre verbal: llamar bataclanas a las mujeres que cantan, actúan y bailan. Sus coreografías fueron continuadas después por rumberas de boites como Anakaona o estrellas del café-teatro televisivo como Amparo Brambilla.  


Cuadro 7: La palabra, la magia, la ilusión

El 4 de julio de 1966, Pablo Neruda recitó Alturas de Machu Picchu y otros de sus poemas ante un público que desbordó la sala del Teatro Municipal de Lima.  Revendedores en las afueras, fugas por puertas traseras, ovaciones estudiantiles, nubes de fotógrafos, páginas de noticias, comentarios y editoriales, rodearon el evento, según Caretas. En la misma edición de la revista, Mario Vargas Llosa afirmó que “la apoteosis en Lima” del poeta chileno demostró que era “uno de los mitos de nuestra época, al igual que los Beatles y Brigitte Bardot”. 

Las cariátides que custodian el interior de la sala del Municipal también han sido testigos de la palabra. Discursos, recitales y elagatos forman parte de la historia de la programación del primer escenario del Perú por su carácter de espacio público. Antes de Neruda, estuvieron José Santos Chocano, Waldo Frank o Bertha Singerman, fascinante declamadora argentina a quien Gabriela Mistral le dedicó un poema por su “fina garganta”. Aparte del verso, en la boca del escenario del Municipal y la Plazuela de las Artes (inaugurada en el 2011) también han sido organizados espectáculos de circo y magia, canales de la inmemorial costumbre humana de imaginar, de ilusionarse. 


Cuadro 8: Vamos al ballet

El ballet llegó al Perú en 1917 junto con la mítica bailarina rusa Anna Pavlova. El 25 de mayo de ese año presentó su famoso solo “La muerte del cisne” en el actual Teatro Segura, gracias a las gestiones del empresario Adolfo Bracale.  El desarrollo de la danza clásica, sin embargo, no se daría en ese mismo lugar sino en el Teatro Municipal de Lima. En su escenario maduraron los más importantes proyectos institucionales del baile en puntas de pie: los del Ballet de la Asociación de Artistas y Aficionados, Ballet Peruano de Kaye Mackinnon, Ballet de San Marcos y Ballet Municipal de Lima. 

En el Municipal los limeños también han podido ver las coreografías de famosas compañías internacionales como el Ballet del Teatro Colón o el American Ballet, así como de íconos mundiales como Alicia Alonso (“gran dama del ballet cubano”), Tamara Taumanova (“estrella de todos los tiempos”) o Maya Plisétskaya, (“prima ballerina assoluta” del Ballet Bolshoi de Moscú). Muchos, además, han adoptado la costumbre de electrizarse con la música del Lago de los Cisnes, aprender los roles tradicionales de género a través de La bella duermiente o de celebrar la navidad con Cascanueces.

Generaciones enteras, finalmente, han aprendido el significado del “pas de deux” a través de las enseñanzas de Lucy Telge. El mismo escenario donde debutó a los tres años de edad, en 1938, es el que hasta antes de la pandemia recibía su mirada proyectada por binoculares desde el palco 9 para poder ver detalles de los movimientos de los bailarines y hacerles comentarios. Detrás de una tradición artística hay siempre una maestra como Lucy Telge dispuesta a darle continuidad, a no dejar que siga siendo una costumbre. 


Cuadro 9: Ídolos

Magarita Xirgú, la actriz catalana que insertó el teatro español en el siglo XX y apostó por las tragedias de Federico García Lorca, actuó en varias presentaciones en el Teatro Municipal de Lima. En una de ellas, la de 1945, dejó una significativa huella en la emergente escena teatral local que llegó a tener eco en el Estado. En 1946, el gobierno de José Luis Bustamante y Rivero contrató a tres integrantes de su elenco (el escenógrafo Santiago Ontañón y los actores Pilar Muñoz y Edmundo Barbero) para impulsar las primeras instituciones públicas del teatro peruano: la Compañía Nacional de Comedias y la Escuela Nacional de Artes Escénicas (hoy ENSAD). 

La costumbre de recibir artistas extranjeros no comenzó con la globalización. Se inició a fines del siglo XIX cuando el número de diversiones publicas y teatros se incrementa en Lima producto de la mayor estabilidad política y del crecimiento económico. Después de la Primera Guerra Mundial, ese proceso madura y discurre principalmente por el Teatro Municipal de Lima, debido a su prestigio. Por esa razón, al menos hasta la expansión de la televisión y de la oferta de lugares de espectáculos vivida en la década de los años ochenta, el Municipal nunca dejó de recibir iconos de circulación mundial: Gabriela Besanzoni, Libertad Lamarque, Igor Stravinsky, Marcel Marceau, Maurice Chevalier, Duke Ellington, María Felix o Mercedes Sosa, están entre ellos. 

Cada estrella dejó huellas tanto en la vida pública como en la vida privada de los peruanos. Algunas fueron pasajeras, modas que pasaron al olvido, otras motivaron costumbres, hábitos de comportamiento que hasta ahora nos influyen, aunque no lo advirtamos. 


Cuadro 10: Públicos

En “El melómano”, Alberto Hidalgo cuenta la historia de un amante de la música que solía llegar temprano a las funciones y quedarse solo en la sala vacía, “con la apariencia de dentadura careadas que tienen todas las salas de teatros”. Al iniciarse el espectáculo, “los músculos de su cara se contraían de tal manera que daba la impresión que no oyese con los oídos, sino con la nariz, con la frente, con las mejillas, con los labios”. Por eso era conocido como “el hombre que se traga la música”. 

¿Qué es el público? ¿Una emoción? ¿La moda que se viste para asistir al teatro? ¿Una experiencia? ¿La acumulación de experiencias iniciada en la etapa escolar? ¿Una conexión efímera entre artistas y espectadores? ¿Una costumbre como mantener silencio en las interpretaciones sinfónicas o hacer pogo en el rock? ¿Un recuerdo personal o colectivo? ¿Un colectivo de desconocidos parecidos? ¿Una conversación en el foyer o una mirada atenta en la butaca? ¿Existe el “público en general” o siempre hay públicos específicos para cada contenido? ¿Los descendientes de quienes vestían frac en su inauguración siguen siendo el público principal del Teatro Municipal de Lima? ¿Qué políticas son necesarias para conseguir una programación tan diversa como nuestra ciudadanía?

Las respuestas pueden esperan. Lo cierto, por ahora, es que el público de esta exposición es usted haciéndose las mismas preguntas. 


Créditos

Investigación y curaduría
Santiago Alfaro
Investigación fotográfica
Santiago Alfaro y Sergio Urday
Reproducción fotográfica
Sergio Urday y Jaime Gianella
Retoque fotográfico
Sergio Urday
Diseño gráfico
Lala Rebaza

Alcalde de Lima
Jorge Muñoz Wells
Gerente de Cultura
Fabiola Figueroa Cárdenas
Subgerente de Patrimonio Cultural, Artes Visuales, Museos y Bibliotecas
Kelly Carpio Ochoa
Subgerente de Artes Escénicas e Industrias Culturales
Bruno Ceccarelli Lombardi
Coordinación de galerías
Patricia Mondoñedo Murillo
Promoción cultural
Yovana Almidón Chauca / Daniela Moscoso Peña
Área de Comunicación Digital
Mireya Fabián Gutiérrez / Victor Mego Callirgos / Sandro Medina Tovar


Agradecimientos

Ibeth Acuña, Susana Baca, Centro Cultural de la PUCP, Ivonne Escobar, Úrsula Cano, Sandro Covarrubias, El Comercio, Denisse Dibós, Gino Flores Escobar, Manuel García Miró, Luisa Gubbins, Pablo Gubbins, Jorge Jaramillo, José Iñoñan, Beatriz Larraín, Miguel Molinari, Marco Mühlethaler, Maye León, Silvia Quintana, Lucy Telge, Ricardo Pereira, Amanda Portales, Preludio, María Ríos, Luz Elena Romero, Fred Rhoner, Lourdes Sáenz, Luis Roncagliolo y Hugo Vallenas.